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¡Llegó el coco! Desde hace varios meses los pequeños comerciantes de la ciudad de Lugo y sus contornos sabían que tarde o temprano sucedería y, del mismo modo que ocurría en Transilvania cuando el conde Drácula volvía a su castillo, estos temerosos ciudadanos temblaban en sus tiendas y se reunían para intentar tramar planes con que defenderse del enemigo común.
Pero como en los cuentos de vampiros, otra vez más el gran señor siguió campando por sus respetos y los atemorizados tenderos apenas si se atreven a asomarse a la ventana para saber lo que está ocurriendo en el imponente castillo.
No quieren saber si es cierto que cientos de doncellas entran por aquella temida puerta para ser chupadas hasta la última gota (en este caso no de sangre sino de dinero), o si es cierto que el gran señor (en este caso deberíamos decir señora ya que es una multinacional) les ofrece irresistibles tentaciones (es decir, ofertas) con que cautivarlas y atraerlas para si hasta la eternidad.
Tampoco quieren saber si es cierto que cuando el temido y enigmático señor llega a una nueva ciudad, arrasa, cual caballo de Atila, todo vestigio de comercio que allí ose hacerle frente.
Nosotros, defensores a ultranza de las pequeñas empresas y de los pequeños comerciantes, les vamos a decir lo que ocurre en el castillo para sepan como defenderse.
Es cierto que los precios que ofrecen son absolutamente aplastantes ya que su negocio consiste manejar grandes flujos de dinero a través de complicadas macroestructuras económicas y sin apenas cargar margen comercial en los artículos que venden.
Por ello, como además consiguen comprar e importar estos artículos a precios bajísimos debido a las espeluznantes cantidades que manejan, no resulta extraño ver productos ofertados por debajo del precio de venta de la propia empresa que los fabrica.
Y esto, aunque parezca competencia desleal para las Pymes, hay que reconocer que para el consumidor es realmente fantástico y por tanto socialmente muy positivo. Sobre todo cuando hasta ahora esos pequeños tenderos abusaban desconsideradamente de sus clientes marcando sus artículos con márgenes escandalosos, como ocurría hasta ahora en un conocido comercio de comestibles en el que un día que fui a comprar una salsa y vi que costaba casi el doble que un gran almacén de Coruña. Al decírselo a la propietaria, esta me contestó: "Pues aquí el precio es este y si lo quiere lo toma y si no lo deja".
Lógicamente no volveré a esa tienda porque ahora lo podré comprar a su justo precio.
Como dice el refrán: "En el pecado está la penitencia".
He respetado el texto en la forma en que se salió publicado después de pasar por la criba de la dirección del periódico. En realidad el ejemplo lo ponía con nombres y apellidos. La salsa era de soja marca Kikkoman que en El Corte Ibgles se vendía a 230pts., mientras que en La Sucursal (la tienda de ultramarinos más antigua y prestigiosa de Lugo), estaba a 450pts. También explicaba que la única salida digna y viable para la pequeña empresa, era la especialización, vender productos artesanos o de pequeña producción a los que las grandes superficies no tuviesen acceso.
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El agraz o verjus
Mayo 2009
Ilustraciones del Tacuinum Sanitatis, donde se ve a dos hombres elaborando agraz en un almirez. En el texto, se ve la elaboración de vino mediante pisado.
Antes de entrar en profundidades, les diré en qué consiste.
El agraz o verjus (en realidad lo de verjus es un galicismo que viene de “jus vert”, zumo verde, y en los recetarios antiguos se habla siempre de verjús, berjús..., aunque la palabra reconocida por la RAE es "agraz"), es una especie de mosto de uva verde que se usaba para condimentar muchos platos hasta que el uso del limón lo desplazó en el siglo XVIII.
De hecho, en el libro Le Ménagier De Paris, un tratado de cocina de 1393, lo escriben como verjus y como vertjus, y en inglés, se dice verjuice. Si ponen en su buscador “verjuice recipes”, verán miles de recetas, sobre todo australianas y sudafricanas, paises que emplean mucho este aderezo. Si de muestra les sirve un botón, vean un libro de recetas con verjuice (foto izquierda).Los agraces son los racimos de uvas verdes, que reciben ese nombre por su sabor desagradablemente ácido (agraz, que viene de agro [ácido, campestre] quiere decir algo así como desagradable, basto, duro...).

Hay dos tipos de agraces, los de las uvas antes de enverar (se llama envero al proceso de cambio de color y coincide con la producción de azúcares), y los de una segunda floración que se produce en verano y que deja en las viñas unos racimos ralos que los pobres recogían antes de las heladas para hacerse un vino miserable que así se llama: vino agraz.
No es bebible, pero sí muy agradable en la cocina, mucho más delicado y perfumado que el vinagre, por lo que en las grandes mesas medievales se usaba con frecuencia, generalmente perfumado con pétalos de rosas, romero, canela, jengibre u otras especias al uso.
Hoy día, como resultado de las investigaciones del maestro Javier Ochoa, la Estación de Viticultura y Enología de Navarra (EVENA) ha desarrollado un agraz estable, de excelente calidad y que elabora, envasa y comercializa la Bodegas Ochoa.
Precisamente fue en estas instalaciones, durante mi charla sobre maridajes aplicados al marketing bodeguero, cuando me llegó la noticia.
Este agraz de Ochoa es un tanto peculiar porque lleva un poco de alcohol. Javier es un investigador nato y la tecnología que desarrolla, tanto en su bodega como en colaboración con EVENA, le permiten hacer malabarismos tales como detectar el momento justo que sus viñas empiezan a producir azúcares, días antes del envero, con lo que los agraces, al llevar un cierto grado Beaumé (densidad de azúcares), pues hacen fermentación alcohólica, muy baja, apenas 5%, pero suficiente para estabilizar el producto, ya que, antaño, este aderezo solo se podía consumir durante los meses de verano y algo después de la vendimia, casi en invierno, si los campesino lograban vendérselo al señor de las viñas.
Había muchas formas de presentarlo, desde el mosto natural, al que solían añadirle un poco de sal para hacerlo más estable, hasta deshidratado al sol, con lo que se obtenía una especie de jalea o incluso una pastilla dura, que se rallaba sobre la comida a guisa de sal aromática.

Centrándonos en este llamado Agraz-verjus de Bodegas Ochoa, ha elaborado siguiendo las referencias del Tacuinum Sanitatis, un libro medieval de medicina, traducido al latín en el siglo XIII (suele citarse en 1370, pero fue la iluminación), del Taqwin al?sihha ????? ????? , un prontuario árabe del siglo XIº, escrito por el “médico-botánico-farmaceutico-poeta” bagdadí, Ibn Butlan, que dictaba preceptos de higiene y alimentación para preservar la salud.
Así, según afirman los técnicos del EVENA, se han reproducido el sabor y las propiedades de este curioso aliño.
El uso de agraz viene de muy antiguo ya que en Grecia se usaba con frecuencia, ομφακιου, pero solo como medicamento.
Es en la Edad media cuando se reconocen como aderezo gastronómico en las grandes mesas, de hecho, incluso el médico, rabino y filósofo cordobés, Maimónides (s. XII), hacía alabanzas de sus virtudes, distinguiendo entre el verjus de agraz y el de manzanas verdes.
Durante varios siglos el sur de los Pirineos pertenecía al imperio carolingio, la llamada Marca Hispana (la península estaba dividida en el reino de Asturias, que poseía los territorios al norte del Duero, el califato de Córdoba, que gobernaba el resto, y la franja pirenaica que, aunque de forma independiente, estaba bajo el protectorado francés), incluso se hablaba de la Navarra peninsular o Alta Navarra y la Navarra continental o Baja Navarra (en Francia). Y esto fue así hasta que Carlos I, o sea, en pleno siglo XVI, decidiese abandonar los territorios del norte pirenaico.
Así hay escritos de los grandes científicos y cocineros medievales, como Arnau de Vilanova (s. XII) o Ruperto de Nola (s. XV), que hacen referencias continuas de su uso y bondades gastronómicas.
De momento hay pocas recetas editadas, pero a continuación les vamos enumerando las propiedades y usos culinarios para vayan ustedes investigando. Es una gozada.
Cata en crudo
Aunque no se trate de una bebida, hemos procedido a su cata para que los cocineros que lean este trabajo sepan a qué atenerse.
Este agraz que se comercializa (los primitivos eran lechosos, al principio de color verde turbio y, al cabo de unas horas, se oxidaba adquiriendo un tono parduzco, por lo que se le añadía sal como antoxidante), es de color amarillo pajizo ligeramente dorado, limpio y brillante.
En nariz desprende un agradable aroma de vino joven, ligeramente tostado (me imagino se deberá a algún tipo de oxidación fermentativa), con notas de manzana.
En boca es ligeramente salado, pero lo que más destaca es su acritud, muy parecida a la del limón, con un postgusto amargo y ligeramente afrutado.
Obviamente resulta desagradable, porque la acidez es más de málico que de tartárico, con lo recuerda al sabor de una rama de árbol, pero mucho menos agresivo que acético del vinagre, sobre todo porque, al ser no un ácido volátil (en nariz no se percibe en absoluto), no pica en boca.

Aplicado en ensaladas, resulta muy agradable porque es muy refrescante y el perfume residual combina hasta con los vinos, por lo que es recurso formidable para comidas aliñadas en las que el vino sea parte importante.
También resulta sumamente suave en falsos escabeches (hoy día no se usa el escabeche para conservar si no como preparación gastronómica, por lo que se hacen mucho más suaves de vinagre, incluso al 50% de vino), más perfumes que acidez, y perfecto maridajes con vinos blancos de alta calidad. Incluso con algunos tintos de escasa crianza.
Al hablar de marinadas, no me refiero a los escabeches de los que ya comenté en la cata de crudo, si no en aquellas preparaciones de caza en que las piezas necesitan macerarse en vino para ablandar. De hecho no produce efecto cáustico. Probé con unos boquerones y, al cabo de doce horas, apenas si se habían exteriormente y apenas tenían sabor. Por el contrario, una de las peculiaridades de este mosto es que ablanda espectacularmente las carnes más duras, incluso las de carnero o cabra, a las que además elimina esos tufos a lana tan desagradables.
Cata en reducido
La forma más habitual de consumirlo así, es para desglasar sartenes en las que se han rustido carnes, por ejemplo, con el pollo al ajillo, queda una deliciosa salsita ligeramente punzante y muy alegre que resalta el sabor del ajo. Desde que dispongo de agraz, como suelo poner tocino de ibérico para hacer a la plancha carnes y pescados, siempre termino desglasando con agraz, porque resulta una salsita muy perfumada y alegre.
Cata en guiso

El primer guiso que realicé fue el Pisto medieval, o sea, precolombino, sin tomate, solo berenjena, cebolla, calabacín, tocino de jamón de bellota, ajos, comino y agraz. El resultado fue sorprendente porque realzaba el sabor de los vegetales a la vez que le aportaba una gran alegría por su acidez.
Cata en asado
El primer asado que hice fue un Virrey al horno, con unos ajitos fritos y una buena copa de agraz en el fondo de la bandeja. El pescado no fue el más feliz de mi vida, yo creo que estará mejor con una lubina, pero la salsa, baste con decir que mi mujer y yo nos la tomamos a cucharadas de la propia bandeja, porque fue un verdadero regalo, una mezcla elegantísima de sabores formada por los marinos del pescado, el sabor contundente del tocino del jamón ibérico y el agrillo del aderezo, con ese perfume a frutas verdes tan característico que ya me está creando adicción. Días después probé con una lubina recién pescada y ahí no hubo duda.
Esta es la forma más fácil de probar el agraz, porque unas sencillas manzanas asadas, con una copa de agraz en el fondo de la fuente de horno, hará maravillas, quedando casi como un caramelo ácido. También se puede cocer unos orejones de albaricoque. Es sorprendente la jalea que forma y como, esta especie de miel, es muy poco dulce y sí con una acidez sorprendente, ideal para combinar con nata montada.



